domingo, 19 de octubre de 2008

HOY LOS VI PASAR...

Es cada vez más frecuente verlos pasar, colgados como primates, en camiones particulares, vestidos de civil, sonrientes y bien peluqueados, rumbo al merecido descanso de 48 o 72 horas, incluso más días si es que el operativo en el cual se encontraban fue un éxito y le significó a alguno de los generales de doce millones de salario mojar prensa en los noticieros de la noche, dando sombríos alaridos de victoria en la lucha contra el “terrorismo”. Ellos, rostros de jóvenes, nuestros jóvenes, mal entrenados para una guerra de guerrillas, carne de cañón que debe colocarse en el frente de batalla para defender una institucionalidad que se sostiene detrás de una farsante democracia. La del referendo de Uribe, la de las elecciones de “honorables” congresistas, diputados y concejales, además de hábiles burgomaestres que se encargarán de continuar agudizando los escenarios del conflicto (dígase mejor nuestro territorio nacional) con sus malos manejos, su incapacidad administrativa, su rapiña del erario público, sus deudas políticas atrasadas, sus limpias manos llenas de sangre...

Esta guerra nuestra es vampiresca. Lo es en la medida en que requiere de más sangre para sostenerse. La sangre de los campesinos y jóvenes de bajos estratos, sean guerrilleros, paramilitares o militares, orientados por comandantes, de frentes, cuadrillas o batallones, quienes han demostrado, unos más que otros, una funesta ineptitud para la estrategia. Esa ineptitud se refleja en más bolsas negras (como las de la basura, sólo que un poquito más largas y gruesas) que son cada día entregadas a los familiares, acompañadas de una banderita de Colombia, la que juraron defender hasta la muerte y así se lo cumplió el estado, hasta la muerte.

Ahí vienen los camiones con los muchachos, llenos de alegrías e ilusiones, superando el profundo miedo de no estar ni en el frente de combate ni en una lúgubre lista de muertos o de prisioneros de guerra canjeables en una futura negociación. Llegan con sus bluejeans y camisetas de colores dispuestos a recibir una comida decente en casa, el abrazo cálido de una madre y la curiosidad de hermanitos, amigos y vecinos, a quines les contarán cómo han escapado de la muerte o a quienes han tenido que enfrentar en esta guerra. Cuentan los días que les quedan para volver a ser dueños de su propio destino, y así buscar una universidad o un trabajo, tratar de ayudar a su familia, de pasar más tiempo con su novia y sus amigos. Tristemente, muchos ignoran que tanto esfuerzo y riesgo de la propia vida sólo ha servido para consolidar a ese estado corrupto y neoliberal que tarde o temprano les estará negando la oportunidad de llegar a una universidad pública o a un trabajo honesto, bien remunerado. Arriesgaron su vida presente para consolidar su desgracia futura, más triste e irónico no podría ser.